La Biblioteca secreta
República Democrática Alemana
Estas dos mujeres no se conocieron. Nunca se vieron. Nunca se hablaron. Y, sin embargo, un cuaderno azul unió sus vidas para siempre. Tanto que podrían ser vidas paralelas.
Hay gente que no nació para estar callada, Edeltraud Eckert era una de ellas. Quizá ese fue el motivo de su muerte, pero también es la razón por la que la recordamos. Porque hay gente que no puede quedarse en silencio.
Cuando Edeltraud tuvo conocimiento de los campos de prisioneros en la República Democrática Alemana DDR, se unió a un grupo de resistencia contra el Gobierno. Tenía 20 años. Era una estudiante modelo. Nadie lo esperaba de ella.
Pero su vida cambió al cometer un error. Mientras repartían octavillas en Potsdam, un grupo de policías les descubrió. El castigo sería severo para Edeltraud.
Era un problema para el sistema y querían dar ejemplo, así que la condenaron a 20 años de cárcel. Con un extra, especialmente cruel, no tendría más contacto con el exterior, salvo una carta al mes con su familia.
Los años en la cárcel de Edeltraud fueron muy duros, recibió malos tratos, tuvo varios accidentes laborales y contrajo tuberculosis. Para superar aquel horror, solo pidió una cosa: un cuaderno azul.
En ese cuaderno azul, iría escribiendo sus poemas. Pequeñas piezas en las que se desahogaba, en las que soltaba todo lo que tenía dentro. Aunque no hablaran de la cárcel (se lo habrían quitado), ella necesitaba hablar. Así que escribió y escribió.
Hasta que, en 1955, trabajando como mecánica de un taller, sufrió un accidente terrible en la cabeza. Después de varias operaciones y algo de desinterés por parte del servicio médico de la cárcel, Edeltraud moría con tan solo 25 años.
Al recibir los objetos personales de Edeltraud, su hermana descubrió el cuaderno azul donde había escrito todos sus poemas desde la cárcel. Los leyó todos, uno a uno. Le parecieron buenos. Muy buenos. Buenísimos. Esto no podía quedarse guardado en un cajón.
Hay gente que no nació para estar callada y Ines Geipel lo sabía. Quizá ese fue el motivo de su vida, dar voz a aquellos que merecen ser recordados Porque hay gente que no puede quedar en silencio.
Y eso lo descubrió en las pistas de atletismo, donde batía día sí y día también récords para ser una de las mejores atletas de la República Democrática Alemana DDR. Tenía 20 años. Era una atleta modelo. Por eso, nadie lo esperaba de ella.
Pero su vida cambió al cometer un error. Criada en el sistema del partido, su padre había sido un dirigente importante del partido, siempre había sido el orgullo de Alemania Oriental. Hasta el preolímpico de 1984.
Durante los entrenamientos previos a la cita olímpica se enamoró de un atleta mexicano y decidió que, tras los Juegos, huiría con él. Por supuesto, ese no fue el error. El error fue contárselo a otro atleta, que era informante de la Stasi. El castigo sería severo para Inés.
No le permitirían participar en las olimpiadas (aunque, finalmente, la DDR se unió al boicot y no fue nadie), la obligaron a operarse del vientre y destrozaron su carrera. Con un extra, especialmente cruel: no tendría más contacto con el exterior.
Pero lo peor vino en el año 89: Descubrió que había sido dopada durante años sin saberlo. Lo que pensaba que era vitaminas, eran hormonas. Años después pidió que borraran sus récords por estar manchados. Para superar aquel horror, solo encontró una cosa: la literatura.
En el año 89 se escapó de la República Democrática Alemana DDR y se fue a la universidad Darmstadt. Allí completó sus estudios de literatura comparada. Se especializó en autoras de Alemania Oriental, con un foco en las mujeres que habían sido silenciadas por el gobierno. Así que leyó y leyó.
Hasta que a finales de los 90, trabajando como editora, se dio cuenta de que hay gente que no puede permanecer callada. Así creó "la biblioteca secreta", una serie de libros en la editorial Gutenberg para rescatar a los autores silenciados por la dictadura.
Un día, entre su correo, recibió un cuaderno azul. Un cuaderno escrito casi 50 años antes. Leyó los poemas. Los leyó todos, uno a uno. Le parecieron buenos. Muy buenos. Buenísimos. Esto no podía quedarse guardado en un cajón.
Hay gente que no nació para estar callada. Pero consiguieron callarla. Durante muchos años. Hubo mucha gente sin voz. Muchos autores que dejaron sus cuadernos azules guardados en un cajón.
Es el momento de recuperarlos, no porque fueran mujeres, homosexuales, negros... sino porque eran escritores. La literatura es una puerta abierta a otras mentes, a otros ojos. El canon no puede estar completo si solo podemos leer una perspectiva.
Un año sin primavera, de Edeltraud Eckert, fue el primer libro de "La biblioteca secreta", gracias al empeño de su hermana y de Ines Geipel. El día que se publicó, ellas lo celebraron. Porque, aunque alguna gente se moleste, hay gente que no nació para estar callada.
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